El uso del glifosato tiene implicaciones negativas en salud humana y ambiental

por Luis F. Pacheco

(Una versión más extensa, detallada y referenciada de este artículo puede descargarse aquí )

Hace días, un artículo publicado en Página Siete, producto de una entrevista con una funcionaria del IBCE, exigía liberar el uso de los transgénicos, basándose en la última evaluación de la Organización Mundial de la Salud-OMS. Según el artículo “Los estudios han concluido que el uso del glifosato, un herbicida que se usa en cultivos genéticamente modificados, no representa ningún daño serio a la salud y tampoco mutación genética”[1]. El 8 de junio salió otro artículo similar en El Deber. Sin embargo, basándonos en los mismos informes de la OMS y otros documentos, podemos llegar a conclusiones muy distintas.

En marzo/2015, la OMS liberó su Monografía 112 (M-112)[2], la cual informa que el herbicida glifosato y los insecticidas malatión y diazinón fueron clasificados como “probablemente cancerígenos” para los humanos y con “suficiente evidencia” de ser cancerígenos para animales experimentales. Ese informe señala que el glifosato (GF) también causa daño a nivel ADN y cromosómico en células humanas, aunque dio negativo en pruebas con bacterias.

El 16 de mayo/2016, se publicó otra evaluación sobre la misma M-112, al que hace referencia la persona del IBCE, que indica la existencia de alguna evidencia de asociación positiva entre la exposición al GF y el riesgo de un tipo de cáncer (Linfoma de No Hodgkin=NHL). Sin embargo, ese documento señala que el “único estudio” sobre una muestra grande no halló asociación con ningún nivel de exposición, concluyendo que es poco probable que el GF sea genotóxico a las dosis puestas a prueba.

Las conclusiones del grupo que elaboró la M-112 y el que la evaluó coinciden solo parcialmente, pues el segundo documento recalca que se halló asociación entre exposición al GF y NHL, pero que su ingestión en las dosis puestas a prueba no parece causar daño a nivel genético. Esta última afirmación, en que se basa el artículo publicado en P7, resulta muy extraña, porque ambos estudios sugieren principalmente una asociación entre exposición y riesgo de cáncer, no así sobre la ingestión del GF.

Revisé a detalle los comentarios[2] a cada estudio en la M-112, constatando que 78,6% de ellos reportan incrementos en riesgo de contraer cáncer por exposición al GF. Aunque la mayoría de los estudios no mostró un efecto significativo por sí solo, es evidente que algo está ocurriendo y aunque las evidencias estadísticas parecen no ser concluyentes, ¿por qué se escribe como conclusión final que no parecen existir evidencias? Este juego parece muy peligroso y un error estadístico nos podría exponer como sociedad, porque, aunque sean débiles las evidencias de asociación ente GF y cáncer, estas evidencias son la mayoría.

Desde otra perspectiva, ¿es suficiente la evidencia científica para afirmar que el GF es cancerígeno? No, no lo es. Sin embargo ¿se atrevería a exponer a sus hijos al GF sabiendo que la mayor parte de la evidencia, aunque débil, indica que la exposición al GF podría causar cáncer?

Adicionalmente, la OMS no tiene la única ni la última palabra; y menos se puede decir que el debate está zanjado a nivel internacional, como hace pensar el artículo publicado por P7. Un análisis independiente, muy reciente y de libre acceso[2], suscrito por científicos de 13 instituciones de Inglaterra y EE.UU, concluye que, a lo largo de las últimas décadas, se ha acumulado evidencia de que varios procesos fisiológicos en vertebrados son afectados por el GF, incluyendo daño hepato-renal, balance de nutrientes a través de la acción quelante del GF y disrupción hormonal. Otros supuestos, por ejemplo que el GF no es persistente en el ambiente, han sido cuestionados. Adicionalmente, la predicción de que el GF nunca estaría presente en el agua superficial, lluvia o aguas del subsuelo ha probado ser inexacta.

Es necesario aquí hacer una distinción entre los organismos transgénicos de tipo comercial, como la soya (ya en Bolivia) o el maíz, que todavía no ingresó al país, y la biotecnología que usa la transgénesis como método para investigaciones no comerciales. La última, que sin duda trae beneficios a nivel científico, será tema de discusión de un próximo artículo por expertos. Aquí me refiero sólo al GF, herbicida que viene obligadamente con la soya transgénica, sobre el que hay bastante evidencia de que NO es inocuo a la salud humana y mucha evidencia de que es dañino a la salud ambiental.

Recordemos que, como seres humanos, dependemos del ambiente, así que cualquier elemento que lo dañe puede dañarnos también. Es necesario tener mucho cuidado para garantizar que nuestros suelos, aire, agua y biodiversidad estén sanos, a fin de estar seguros de que contamos con grandes posibilidades de mantenernos sanos también. Lo que necesitamos es hacer nuestra propia investigación para no depender de estudios de otros países, bajo otras reglas y con conclusiones que son, por decir lo menos, dudosas.

Finalmente, es hora que nuestro país, en honor a su política de vivir en armonía con la Madre Tierra, invierta recursos en el desarrollo de prácticas agrícolas sustentables. No es novedad que la biotecnología de punta NO es la única forma de avanzar en el desarrollo de técnicas agrícolas que aporten a la seguridad y soberanía alimentarias. La ciencia a nivel global está reconociendo cada vez más el aporte del conocimiento tradicional y está claro que las prácticas de cultivo “a la antigua” están dando, en algunos casos, mejores resultados que la ingeniería genética [2]. Nosotros, como Bolivia, podemos estar a la vanguardia en estos temas y, más aún, deberíamos promover decididamente este tipo de investigación.

 

* Este artículo fue revisado por J. Gruenberger, M.Sc, Socióloga Boliviana, candidata a doctora en Ciencias del Desarrollo Rural, UMSA; E. O. Fukushima, Ph.D. y T. O. Rodriguez, Ph.D, Biólogos Bolivianos, profesores en Osaka University, Japón.

[1] Los estudios a los que se hace referencia son alrededor de 28 investigaciones realizadas en los últimos 30 años, no se trata de todos los estudios de los últimos 20 años.

[2] Estos documentos están disponibles en internet o por el autor: luispacheco11@yahoo.com.

Este artículo fue publicado en la edición impresa de La Razón el 26 de junio de 2016

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