Un árbol por cada boliviano

por Daniel M. Larrea 

Hace un año escribí una nota haciendo una breve reflexión sobre el tema. Con el inicio de la campaña de forestación y reforestación Mi Árbol 2016-2017 es importante recordar que podrían significar estos 10 millones de árboles o “un árbol por cada boliviano”. La cantidad de árboles en una hectárea de bosque amazónico (de los bosques más diversos de Bolivia) oscila entre los 500 y 600 y que en esa superficie pueden encontrarse entre 60 y 140 especies de árboles. Asumiendo que los 10 millones de arbolitos llegaran a su estado adulto, 17 mil ha de bosque habrían sido reforestados. Reportes publicados del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP) y la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) reportaron que la pérdida anual de bosque en el periodo 2000-2010 osciló en las 200 mil ha/año aproximadamente, es decir, que con las 17 mil ha anuales se podría recuperar tan solo el 8,5% del bosque deforestado en un año promedio.

Sin analizar el hecho que los arbolitos no son plantados en las TPFP (Tierras de Producción Forestal Permanente) o en las servidumbres ecológicas que se han perdido estos años, y que la mortalidad natural al menos disminuirá la cantidad final de árboles, es plausible pensar que el esfuerzo de alcanzar los 10 millones de árboles plantados ayudará discretamente al problema de la pérdida de bosque que ha ocurrido en Bolivia (estimada en más de 4,9 millones de ha desde la década de los setentas). Es necesario incluir otros criterios técnicos que complementen esta campaña, por ejemplo, promover y manejar la regeneración o sucesión natural de los bosques que se han perdido. No olvidemos que la regeneración es un proceso inherente al bosque, que ayuda directamente a su restitución estructural (especies y complejidad) y sobre todo la de sus funciones (biomasa, ciclos de nutrientes, etc.). No obstante, pensar que el éxito del Programa de Forestación y Reforestación depende únicamente de estas campañas es un error.

Como parte de un paquete de normas y acciones a favor del sector forestal, recientemente el gobierno aprobó el DS 2914 de creación del Programa de Monitoreo y Control de la Deforestación y Degradación de Bosques “Nuestros Bosques” dependiente, como corresponde, del Ministerio de Medio Ambiente y Aguas (MMAyA). Este programa está concebido de forma articulada al Plan de Desarrollo Económico y Social en el marco del Desarrollo Integral para Vivir Bien 2016-2020 (PDES 2016-2020). Tiene como uno de sus objetivos promover acciones de recuperación de bosques en áreas degradadas (Art. 4º) y será la Dirección General de Gestión Forestal (DGGF) la encargada de elaborar una Estrategia Nacional del Programa Nacional de Forestación y Reforestación 2016-2030 (Art. 20º), con el desafío de contribuir a las 750 mil ha de ampliación de bosque esperados en el PDES 2016-2020 para el año 2020. En un escenario optimista, la campaña Mi Árbol podría aportar con cerca de 85 mil ha a esta meta (algo más del 10%). Queda claro que no será suficiente y que alcanzar esta superficie de bosque dependerá de las acciones que plantee en su momento el Programa “Nuestros Bosques”. El punto de esta reflexión es resaltar nuevamente la importancia de promover y manejar la capacidad de regeneración natural de nuestros bosques.

Basado en parte en la nota publicada en La Razón “Reforestación” de fecha 08/10/2015.

http://www.la-razon.com/index.php?_url=/opinion/columnistas/Reforestacion_0_2358964088.html  

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Doscientos años de castaña

por Daniel M. Larrea

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Para muchos la castaña representa el mejor ejemplo del aprovechamiento de una especie no maderable y la tan anhelada conservación del bosque amazónico. La exportación de la castaña se incrementó gradualmente desde inicios del siglo XX, alcanzando sus máximos niveles de producción desde los 70 hasta la fecha. Son casi cinco décadas de intensa recolección de castaña. Si tomamos los datos de exportación publicados por el IBCE entre 2005 y 2014, un promedio anual de 21.000 toneladas de semillas nunca se incorporaron al suelo como nutrientes o dando lugar a pequeñas castañas. Esto podría explicar la percepción de hoy de que la regeneración natural de la especie es, o podría ser, muy baja.

El árbol de castaña crece en buena parte de la Amazonía, pero solamente en Brasil (Pará, Amazonas, Acre y Rondônia), Perú (Madre de Dios) y Bolivia (Pando y norte de La Paz y Beni) en cantidades suficientes como para que la recolección de sus frutos sea rentable. Desde mediados de los 80 la producción de castaña en Brasil ha disminuido progresivamente. Hoy son Perú y Bolivia los principales países productores, no es extraño entonces que relaciones comerciales y el intercambio de experiencias y tecnologías entre ambos países, además vecinos, esté ocurriendo. Existen también algunas diferencias, por ejemplo, mientras en Perú rige la otorgación explícita de un derecho forestal en forma de concesiones, en Bolivia este tema tiene años de discusión y se ha reducido al intento de la implementación de varias herramientas.

La incorporación de la castaña en el mercado de nueces del mundo ha ayudado a la valoración y cuidado de los árboles productores de castaña. Este proceso es resultado del atractivo precio en el mercado de este producto. No olvidemos que la castaña se usa como sustituto de otras nueces (por ejemplo maní, almendra europea y otros), y que su cotización en el mercado depende del precio de estas nueces. Cuando éstas suben de precios, se incrementa también el de la castaña. Esto hace difícil predecir el comportamiento futuro de las cotizaciones en el mercado. En ese sentido, parece claro que es importante hacer un seguimiento a todo el mercado internacional de nueces y no solo al de la castaña.

Han pasado más de 200 años desde que en 1807 el naturalista alemán Alexander von Humboldt y el botánico francés Aimé Bonpland descubrieron un árbol de castaña en el Alto Orinoco de Venezuela. Probablemente no imaginaron el sitial que hoy ocupa como uno de los emblemas inherentes a la Amazonía contemporánea. Más allá de la aún ausente distribución justa y equitativa de los beneficios que genera o el costo social del denominado “habilito”, no cabe duda de que la persistencia de los bosques del norte amazónico de Bolivia es consecuencia inmediata del aprovechamiento de esta especie. Profundamente ligados en su historia, la castaña y los bosques amazónicos comparten un futuro en cierta forma prometedor, pero a la vez incierto.

Este post se publicó anteriormente en La Razón